Debido al interés suscitado por este tórrido incidente acaecido en mi vida y la de @jesusagomar me adentraré en lo hondo de mi memoria en busca de recuerdos que he querido olvidar. Quizás así, si lo cuento consiguiera repartir un tanto el dolor que desde aquel momento arrastro en mi existencia y que tan difícil se me hace exportar de mi.
A finales del verano del año del señor 2011 @jesusagomar y el que escribe se decidieron a hacer un viaje a la Isla del Meridiano, la Hero de los aborígenes canarios...allí llamados Bimbaches.
Un viaje que no tenía más fin que el de pasar unos días de asueto, fotografías, paisajes, de emborracharnos con la singular Historia de Hero, sus petroglifos, su universo imaginario, leyendas...beber del árbol de Garoé e inundarnos de sapiencia a través de los cansados ojos de Ramón el de Sabinosa. El que ahora se decide a confesar lo ocurrido en el punto más occidental del continente africano no conocía los secretos de la isla, convirtiéndose @jesusagomar en cicerone de nuestra visita, el elegido para mostrar al curioso los rincones más bellos del lugar....y vaya que si mostró.
Eran tiempos convulsos para el pequeño peñasco atlántico, su tierra se movía violenta y frecuente cada día agitando literalmente la vida de los lugareños. Se decía por entonces que Guayota quería emerger del fondo de la tierra, escupir su ardiente lava sepultando bajo su paso las tierras y las casas de los herederos de los bimbaches. El mundo vivía expectante por conocer el lugar por el que el odio del dios brotaría en forma de fuego. Cierto es, que aquellos herreños abducidos por creencias cristianas y olvidados de su pasado animista poco creían en el poder de Guayota.
La ilusión que embriaga al viajero, a aquel ávido de conocer, arrivaba al aeropuerto de Valverde una mañana soleada del noveno mes del año. Tomamos nuestra montura, la que nos habría de portar a todos los muchos lugares que el autor quería descubrir y su fiel acompañante enseñar, cumpliendo en todo momento las limitaciones a circular por caminos no provisto de negro asfalto que marcaba el contrato legalmente firmado con la propietaria de aquella. (¿?)
Tras un buen aporte de viandas en Valverde tomamos la carretera que ascendía a la cumbre para visitar en primer lugar el árbol de Garoé, allí donde los bimbaches robaban el agua a las nubes, fruto de mito y leyenda, encuentro de conquistados y conquistadores. El Mirador del Golfo donde nuestros ojos fueron testigos de la belleza geológica de la más novel de las canarias, de la capacidad de la destrucción para crear, del surgimiento de la belleza desde el absoluto caos. Un rico almuerzo con piña del lugar como aderezado postre y vuelta a la ruta. Asombrados por el paisaje que nos circundaba, las grietas de los volcanes y su rastro de lava emergiendo del verde pinar jalonan nuestro paso hasta llegar a La Sabinosa, lugar dónde nos espera Ramón, noventa años de amor a su tierra, de conocimiento empírico de la vida, de folklore y tradición. El bueno vino y un sabroso queso blanco sirven de ágape a los visitantes absortos en los relatos del anciano.
Casi ha caído la noche y debemos seguir el camino. Durante un buen trecho los viajantes casi no intercambian palabras mientras sus mentes aún digieren todo el saber adquirido en unas horas de conversación. Atravesamos la solitaria carretera que nos lleva hasta la Sabina, ahí se nos olvidó un poco el contrato suscrito, y nuestra cabalgadura hubo de adentrarse por la dura y seca pista de una tierra adueñada por el ganado y cerrada con una verja a la que se adosaba una leyenda que pedía volverla a cerrar al paso del visitante. Aquí se estila lo de poner puertas al campo pero las dejan abiertas para el que quiera pasar. Unos metros más adelante nos recibe la Sabina arqueada por el incesante golpeo del alisio, sus ramas llegan al suelo intentando buscar el sol. Cumplimos con el consejo de Ramón (el de Sabinosa) y le transmitimos a la planta nuestra alegría por visitarla en un caso y por conocerla en otro.
El sol ya ha sido engullido por el océano en el oeste y la noche nos lleva por la enreverada y angosta carretera a través del pinar del que no vemos más que hasta donde las luces de nuestro coche ilumina. El destino es Restinga, allá donde tendrá lugar este hasta ahora desconocido incidente. Un recóndito lugar elegido por @jesusagomar para pernoctar tras un agitado día de emociones. En el puerto, junto al mar teñido de verde nos encontramos a Lourdes, la casera del apartamento donde pasaríamos la noche, ella junto con una amiga comparte cerveza y el fresco de la clara noche. Nos hace entrega de la llave de nuestros aposentos, subimos pertrechados con nuestras pertenencias. El fresquito de la terraza nos atrae rápidamente, así que en minutos estamos en la mesa contigua a Lourdes y su amiga, dando cuenta de unas cañas y un rico pescado del lugar.
Pasan las horas rememorando lo vivido, corto e intenso (como luego sería nuestro incidente) y ambos protagonistas suben al apartamento del Mar de las Calmas. Un coqueto habitáculo provisto de dos habitaciones, sala, cocina y wc. Tras observar las instalaciones llegamos al acuerdo tácito de que @jesusagomar disfrute de la habitación donde se halla cama de mayores dimensiones, por razones de solidaridad y por motivos obvios de tamaño del ocupante.
Cada uno a su tiempo pasa a la merecida y refrescante ducha. El autor de este relato, que cambiará nuestra manera de ver la vida en adelante, lo hace en primer lugar. Una pequeña televisión de aquellas de antes que tienen más pulgadas de culo que de pantalla, acompaña la sala. Me recuesto en un sofá frente al canal que emite mi programa favorito, AstroTV. El cansancio y la comodidad del sofá hace que el sueño me rinda en el mismo lugar sin poder llegar a las dependencias que se me habían otorgado por descarte.
Amaneció el día siguiente, recogemos los bártulos y desayunamos en el mismo lugar donde habíamos cenado para tomar ruta hacía el área de los volcanes, donde reside el Tanganasoga, a luces de los expertos el lugar elegido por la naturaleza para emerger en destructiva manifestación.
Volvemos a ser los únicos que transitan las carreteras de la isla. En un punto del camino echamos a un lado y nos adentramos a pie por el volcán. Lavas cordadas y en tripa, túneles caídos por el paso del tiempo y una joven flora que intenta dominar un paisaje estéril. El que esto escribe encuentra allí una pequeña especie vegetal, el bejeque (aeonium valverdense) que se convertirá en insospechado modelo del objetivo de su cámara dando lugar a una colección con el apropiado nombre de Rosas de Lava. Transcurren los minutos, en un lugar donde el tiempo pierde mucho de su ajetreo, mientras observamos los volcanes alcanzar el mar, elucubramos sobre que punto que eligiría el nuevo que estaba a punto de nacer.
Mil fotografías después continuamos la marcha. Aquel Zafira gris ascendía carretera arriba dejando los volcanes atrás en camino hacía Valverde nuevamente. De repente mi mente se evade de la carretera, mis ojos pierden la nitidez del camino, unas gotas de sudor frío recorren mi espina dorsal y mi pie derecho desvía su fuerza del acelerador para accionar de forma brusca el freno y dejar el coche detenido en medio de aquella nada. Mis ojos se vuelven hacia @jesusagomar que atónito busca de par en par el motivo de tan inesperada reacción. Este autor tarda unos segundos en articular palabra, como si algo le oprimiera el pecho y le ahogara en su interior...hasta que las palabras brotan como escupidas:
.- "puuuuto, que solo deshicimos una cama!!!"
En este punto pensamos ambos en Lourdes, la casera, al llegar por la mañana tras nuestra partida al apartamento y comprobar que dos tipos que suman entre ambos más de doscientos kilogramos de peso habían deshecho durante la noche una sola cama. El terror invadió nuestros semblantes, asqueados nosotros mismos de la imagen que en la mente de Lourdes debió surgir de aquellos cuerpos retozando lujuriosamente en la calma noche de Restinga. En la duda de si lavaría las sábanas o simplemente optara por incinerarlas. Comprendimos que en aquella pequeña localidad ya no podríamos volver....sabedores de como son las cosas de pueblo, Lourdes habrá compartido sus sospechas sustentadas en hechos físicos y demostrables con su amiga, aquella de la cervecita de la noche anterior, y esta con la dueña del restaurante, la tendera, el que lleva el pan, los pescadores cuando tocaron puerto....y así uno detrás de otro hasta convertir de nosotros en una leyenda que ni el fuego del volcán conseguiría extinguir.
Del resto del viaje no recuerdo, o no quiero recordar nada, como si mi mente desconectara en aquel momento presa de un profundo trauma. Solo recuerdo la imagen de las gentes de Valverde, de los operarios del pequeño aeropuerto, incluso me pareció advertir una leve sonrisa de complicidad de la trabajadora de la empresa de alquiler en el momento de devolver el coche. La sospecha de que el rumor nos había alcanzado y sobrepasado en nuestro tránsito hacía la capital. Solo espero que los rumores no viajen en avión.
Ahí termina este relato de aquel incidente de Restinga, finalmente el Volcán erupcionó aunque no emergió, prefirió abrir las entrañas de la tierra en los fondos del mar...y es que en ocasiones hasta Guayota es indulgente, lo rumores no tanto.

