desierto

desierto
siempre amanece un nuevo día...

viernes, 3 de diciembre de 2010

41

                    Hace mucho que no escribo más allá de las crónicas de mis viajes en moto. Hoy me siento frente al Mac con la esperanza de sacar algo de mi interior. A menudo mi cabeza es un bullicio de cosas, me llaman la atención innumerables sucesos de la vida en estos tiempos de zozobra mundial pero nunca me decido a escribir sobre ellos salvo en alguna edición digital de prensa. Alguna vez he escrito sobre mi mismo, sobre mis viejos, mis vivencias...pero últimamente tampoco he hallado el momento de plasmarlas.
Hoy es un día especial, hoy mi vida sobrepasa las cuatro décadas de existencia. Hoy cumplo 41años desde el día aquel que mi madre me alumbró allá en la bella Montevideo. Aún recuerdo mis ratos de niño, correteando por las grandes veredas del barrio del Prado. 
                       Casi sin esfuerzo me vienen a la memoria instantes que se han quedado grabados en blanco y negro en lo profundo de mi ser.Aquel día en que fui por primera vez a un aeropuerto. No para un viaje cualquiera, no eran una vacaciones...en aquel viaje no había billete de retorno. Corría el año 1978 cuando mis viejos emprendieron el viaje de retorno a casa, a casa de papá. Atrás quedaba una casa, familia, el colegio, los amigos, las largas cuadras y anchas veredas que conformaban el paisaje urbano de mi niñez, los rodeos del Prado de manos del viejo, los tórridos veranos y los fríos y húmedos inviernos y los cafés en el bar de Lalo. Atrás quedaba todo.  
                Había que volver a empezar a mucho miles de kms de distancia. Todo era nuevo para mi, paisajes rurales en lugar de edificios, calor en lugar de frío, barrancos en lugar de llanuras y la gente que hablaba igual pero distitno. Aquellas primeras caminatas desde el barrio hasta el colegio, en el otro extremo de Güímar, donde mis ojos se esforzaban por tomar nota de todo. Aunque no tenga nada que ver con la realidad física, todo me parecía grande, Güímar me parecía un lugar inmenso y las montañas de sus cumbres como si viviera en el Himalaya.
                  Dejamos aquel piso grande de Hermanos Ruíz por una vieja casa terrera del corazón del Güímar rural donde se criaban conejos, gallinas y cochinos. Yo antes tenía que ir a una feria para ver a esos animales que ahora eran compañía en mi propio hogar. Primeros días del 79, unos desconocidos Reyes Magos traen a casa un televisor en blanco y negro, "ya no hacen teles como las de antes" pensé hace unos pocos años cuando la saqué de su retiro en el garaje para darle una nueva vida en el Punto Limpio.
                       Los domingos eran para recorrer la Isla, en una vetusta camioneta VW de color amarillo, íbamos por aquellas carreteras, para mi interminables, con la tortilla y la ensaladilla en el maletero. En el radio cassette sonaban tangos de Julio Sosa y Gardel que recordaban a los viejos el reciente pasado de una vida entera. Aquel canario que lloraba emocionado en la Sociedad Islas Canarias al sentir de una isa o de una folia, se emocionaba ahora con el canto de un tango. Cosas de emigrante. Mis ojos se clavaban en los vidrios de las ventanillas asombrado por unos paisajes desconocidos y bellos. Ese mismo invierno conocería por primera vez el frío tacto de la nieve....aún me duelen las manos si lo recuerdo mucho.
                           La vida fue pasando, la casa iba cambiando a poco que los viejos juntaban perras en su duro trabajo tras la barra de un bar de barrio. Duros años, muchas horas de trabajo y poca recompensa. Aprendí a trabajar físicamente, aprendí lo que cuestan las papas cuando eres tú el que las planta. Sumergí mis pies de niño por primera vez en el humeante mosto del lagar.  Durante aquellos años me convertí en un enólogo aficionado, currando con el viejo en el mantenimiento de las parras, en la cosecha de la uva y    la elaboración del vino. Hoy ya no he seguido aquella tradición. Nauzet de chiquito hizo vino con el abuelo y su padre pero la ausencia del viejo dejó sin sentido todo aquello. 
                          Todo aquello arriba a mi recuerdo, que fácil y que difícil era todo. Ahora veo a Nauzet y me veo a mi mismo. Pienso en mi padre y me veo yo mismo. Comprendo todo aquello por lo que él trabajó, sus esfuerzos, sus palabras, sus enseñanzas, aquellas historias que contaba y que siempre tenían mensaje. Ahora soy yo el que intenta transmitir la versión actualizada de aquella manera de enseñar. Ahora me toca a mi encabezar una familia y comprender que aquello no era tarea sencilla. Ahora es mi deber el juntar perras para reformar la casa y hacerla cada vez mejor y más guapa. 
                        Supero las cuatro décadas y no puedo resistir a echar un ojo atrás, acordarme de quién tanto me dió y ya no está y pensar en mi deber de ser el digno sucesor de mi padre en esta tarea. Cumplo años pensando en que lo mejor me queda por llegar que valdrá la pena seguir  en la infatigable lucha de ser cada vez un poco mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario