desierto

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siempre amanece un nuevo día...

domingo, 25 de noviembre de 2012

Postales desde Istanbul




He de reconocer que el inicio de nuestra relación no fue fácil, quizás me precipité, quizás influyeron en mi las vivencias experimentadas en otros destinos, allá donde la sonrisa brota de la cara de la gente y todo es de color. Allí, en Istanbul, la gente no sonríe de forma espontánea, no regalan felicidad y su color en estos tempranos días de noviembre es gris en el cielo, gris en mar que la circunda y gris en las construcciones que la colman. No hay colores en Istanbul.

Entonces hubo que cambiar de plan, no buscar aquello que nos atrae sino encontrar aquello que nos ofrece. Entonces, Istanbul...me enseñó otra cara, me enseñó la belleza que se esconde tras el gris de su cielo y su reflejo en el Bósforo apenas roto por el blanco de los cientos de barcos que lo cruzan a uno y otro lado...me enseñó que se esconde detrás de sus grises edificios...aprendí a robar la sonrisa de la gente, aunque a veces solo fuera por el interés de cerrar un trato.

Istanbul encierra la Historia del mundo, de aquel mundo que terminaba en las fronteras del Mediterráneo hasta bien avanzado el Medievo. Encierra en si la cultura de la que, en una u otra forma, somos parte. Istanbul fue Grecia...fue Roma...puerta de lo conocido con el mundo exótico que provenía de oriente...se fundó pagana...fue cristiana y es islam. Fue imperio invasor y dominante....fue el punto de inicio de Mustafá Kemal para construir la moderna Turquía que hoy conocemos. Istanbul rota en su mitad por el curso del Bósforo en su paso hacía el Mar Negro...creando dos orillas, dos fronteras.

Istanbul es caos, todo fluye en un perfecto desorden. Coches, trenes, personas, carros confluyen en el mismo espacio y tiempo para organizarse a ritmo de bocinas y gritos. Un desafío constante al desastre que nunca se produce.

Istanbul nos enseña el impactante esplendor de su crepúsculo desde la mil veces destruida y mil veces reconstruida torre de la Galata...siempre amante de las puestas de sol en los parajes naturales de mi patria, aquí conocí la belleza del caer del día tras el perfil de minaretes de este mar de anárquicas construcciones. A medida que el sol se pierde más allá de sus fronteras, la ciudad se ilumina poco a poco y poco a poco esa luz va llenando el espacio y ganando intensidad hasta deslumbrar.

Desde los márgenes del Bósforo, desde multitud de diferentes puntos salen decenas, cientos de embarcaciones que como cordones umbilicales llevan la vida de una orilla a otra. Allí se mezcla la curiosidad tranquilidad del foráneo con el ajetreo del lugareño camino de su trabajo o su hogar. Una de esas embarcaciones parte hacía el norte en busca de las puertas del Mar Negro...en un mar donde también parece reinar el caos, donde se cruzan  en toda dirección barcos de todo tipo y utilidad. Desde el mar se contempla el perfil de antiguo Istanbul, de pequeñas construcciones, en contraste con el vértigo de edificios de vidrio y acero que se elevan hasta el cielo. En el final de ese trayecto se atisba una colonia ingente de gaviotas, como estelas tras los barcos que faenan en las ricas agua, según la leyenda vuelan con ellas el alma de los musulmanes que no han hallado el paraíso.A un lado Europa, al otro Asia, esa permanente dualidad entre occidente y oriente.
Muy temprano cae la tarde y en sus calles el sonido de la llamada a la oración lo llena todo. Un rezo con una cadente musicalidad, repetitivo, penetrante e inductor que resuena en el interior de cada uno. En ese estado de sugestión los creyentes se encaminan a su mezquita más próxima a rendir cuentas con su creador. Tengo la suerte de poder asistir a ese momento desde el patio de la gran mezquita de Süleymane, es cuya estampa forma parte de Istanbul desde cualquier plano que se la observe. Construida para alabar a Alá y para perpetuar la megalómana obra del Sultán. Ser testigo del rito de llegada de los fieles que abarrotan sus inmensos jardines, donde los hombres se separan de las mujeres como si su Dios no fuera el mismo.

Aya Sofia, convertida en museo por obra de Atartük, de inmensa majestuosidad elevada al cielo hace más de 1500 años. Trozo de la Historia de este mundo, de la obra del Ser Humano en honor a sus Dioses. Un tiempo pagana como Constantino, más tarde cristiana como Teodosio, patriarcado del Oriente superviviente de una Roma rota por las invasiones bárbaras y divida en tantas naciones como tribus cruzaban el limes de la difunta civilizaciòn. Hasta convertirse al Islam traído por las gentes de Arabia en su palabra y en sus espadas. El paso del tiempo reflejado en la redondez de sus mármoles. Su cúpula desafiante de la gravedad inmensa de la pequeñez humana vista desde el terrenal piso. Imaginar sus puertas, una y otra vez, franqueadas por cristianos y musulmanes a lomos de caballos, espada en mano para reclamar el lugar para sus respectivos dioses. Ayer lugar de mil guerras, hoy remanso de paz donde el silencio te transporta. Alguien como yo, carente de Dios alguno, presa de la sugestión de la belleza indescriptible de su soberbia grandeza...a falta de escuchar a la deidad me conformo con escuchar el sonido de mi corazón.

Los siete minaretes de la Mezquita Azul son símbolo de Istanbul. Cientos de fieles se dan cita en ella para acercar sus almas a Alá. Hincan su rodillas en el enmoquetado piso mirando hacía la Meca, en sublime silencio. Nuevamente una agradable sensación de paz puebla mi interior. Sentado en un borde, mientras todos son atraídos por las bóvedas de la Mezquita y por sus textos arabescos que pueblan sus paredes, me dedico a observar a las personas. Mi ojo situado tras el visor de la cámara intenta robar esos instantes al tiempo. A la puerta del templo, alejada del centro del mismo y cubierto por una celosía más o menos espesa se halla el lugar de Ellas para orar. En ese común intento de las religiones por menospreciar a la mujer pero que pareciera que en el Islam es más evidente. A través de esa celosía y con la luz de las ventanas en sus espaldas se refleja la silueta de quienes cubren su vello para dirigirse a Alá. El resultado visual es impactante y cargado de belleza.

Las calles de Istanbul son un constante hervidero de personas. El Gran Bazaar y el Bazaar de las especies atraen con sus joyas y sus aromas la atención del visitante. Sin embargo, no me encuentro cómodo en ellos. Demasiado plásticos, creados, poco espontáneos y muy destinados al de fuera, carentes de la esencia de los zocos de Marruecos. Su interior un desfile de personas de mil orígenes en busca de lo mismo. Me dedico a buscar el Istanbul de las calles adyacentes, de sus arrabales, allí donde acuden los locales en su vida diaria. Mezclado entre ellos aunque mi apariencia no me haga pasar como uno más. Se transita más tranquilo, nadie huye de la cámara sino que se ofrecen coquetos como modelos.


En Üskudar, otro día que muere y otra noche que nace sentados al borde del Bósforo...esa extraña masa de agua sin olas que bate suavemente las orillas de Asia. Aroma a té de manzana frente a la Kiz Kadessi,  construída por el sultán para proteger inútilmente la predestinada vida de su bella hija. Cada anochecer es un espectáculo suficiente para recorrer miles de kms en su búsqueda. Esta noche el cielo gris se pintará de rojo para nuestros ojos. Mientras cada uno de las decenas de minaretes se convierten en haces de luz...de un lado del Cuerno de Oro la Mezquita Azul y Süleymane y desde el otro la torre Galata unidos ambos por el luminoso celeste del puente Galata.

Al caer el día los comercios cierran, los tenderos apuran el paso para retirar sus productos que habitan más el exterior que el interior de los comercios. Surgen los ventorrillos de pescado en el margen sur del puente Galata, no te puedes marchar de aquí sin probar un Balik Ekmek hecho en circense equilibrio por cocineros a bordos de embarcaciones que bailan al sol del leve meneo del Bósforo,  su sabor no trasciende del de un bocata de sardina con cebolla de los nuestros pero...así son las tradiciones.

A la vez los alrededores del puente, frente a la Mezquita Nueva, se pueblan de vendedores ambulantes de cueros, camisetas, bolsos y carteras, llaveros...de todo se puede comprar a estas horas. Africanos y asiáticos dominan.   También puedes comer en cualquier improvisado puesto de mejillones con limón, arroz con pollo y garbanzos, dulces con pistachos (todo tiene pistacho), castañas y piñas de millo, té o café turco (un espeso líquido negro equivalente a un vaso de borras)....todo está en el riesgo que el visitante desee correr. Son de esas cosas para las cuales el lugareño parece tener una disposición intestinal muy distinta a la finura habitual del visitante.

Once días de caminar sus calles pisando cada piedra de su Historia de mirar absorto sus infinitas obras de arte, de asombrarse con la capacidad artística y arquitectónica de los antiguos. Once días navegando por sus mares de una a otra orilla mezclados entre gentes de multitud de orígenes, como uno más entre cientos de seres grises siempre apurados en cualquier dirección. Once días para acabar conociendo y admirando una ciudad distinta y peculiar...para pisar apenas un continente desconocido y dejar en el interior la sensación de conocer mucho más aún. Once días para conocer y aprender. Once días y once meses para soñar en un próximo destino.



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